domingo, 4 de octubre de 2009

Siempre nos quedará... Brazil



Brazil es una auténtica obra de ensueño, onírica, fría, esperpéntica y trágica. Es un auténtico hito no sólo en contenidos y técnica, si no también en la guerra que se llevó a cabo para lograr su realización y estreno en la gran pantalla. Nombrar a su director, Terry Gilliam, es nombrar a uno de los cruzados artísticos que se salen de los lamentables moldes comerciales Hollywoodienses para realizar auténtico arte. Gilliam es un visionario, integrante del grupo humorístico de Monty Python. Además de Brazil, destacaría sus documentales en general y sus películas “Miedo y asco en las vegas”, Doce monos” y como no “El Rey pescador”. Sus filmes siempre han tenido un trasfondo filosófico, encuadrada en realidades paralelas, viajes temporales, distorsión de la realidad, drogas y alegorías. Su cine es un cine que va más allá, que busca invocar a la perspicacia del espectador subrayando el ámbito formal en el que el film se desenvuelve. Es por esto que enriquece el trasfondo idealista de la película con decorados, ambientes y hábitats con teorías de evolución social, tecnológica, económica y políticas.



Brazil es una película referente del Cine Distópico, rama de la ciencia ficción, por eso, por su planteamiento, y por la guerra que mantuvo el director en evitar las profanaciones que hicieron en ocasiones las productores se ha convertido en una película de culto fundamental. Cabe decir que tiene ciertos guiños al Cyberpunk pero sus influencias clave son “El Proceso” de Franz Kafka, “Fluyan mis lágrimas, dijo el Policía” de Philip K. Dick, “La fundación” de Buero Vallejo y como no de 1984 de George Orwell. No me centraré en explicar estas influencias, pero quiero reseñar que es fundamental conocer estas obras para entender todavía mejor el filme.



La película comienza con la frase “en algún momento del siglo XX”, sin querer concretar exactamente una época que se presupone futura (hay que tener en cuenta que este filme vio la luz en los años 80). El contexto que plantea es una sociedad megaburocratizada, totalitaria, repleta de excesos, un mundo paranoico, miserable, corrupto y sin valores... en definitiva, un mundo esclavo en medio de un ecosistema contaminado y opresivo. Este contexto fluye a lo largo de la película, quiero decir, no está presentado, las escenas lo van destilando con el tiempo.
La trama presenta a Sam Lowry (Jonathan Pryce), un empleado de los “servicios centrales”, una rama de funcionarios del gobierno cuya función es inmiscuirse en la vida de los ciudadanos hasta tal punto de controlar todo lo que estos hacen. Este hecho se supone que se debe a la existencia de un grupo terrorista, un grupo que sospecho personalmente que no existe, que es un terrorismo de estado creado para controlar a la población.





La trama surge como un error burocrático debido al azar. Una mosca cae en una máquina de escribir que redactaba informes sobre los terroristas, provocando un error a la hora de realizar la detención de un supuesto terrorista, arrestando así a un padre de familia inocente. Debido a la soberbia de un sistema en el que no se reconocen los errores el hombre es “interrogado”, y la interrogación en ciertos casos supone la muerte, ya que el método que se emplea es la tortura.


Sam Lowry es una persona eficiente y bienintencionada, una increíble excepción en esa sociedad, es el protagonista con el que todos nos identificamos. Este trata de arreglar el entuerto, y durante su visita a la familia del fallecido se encuentra con la mujer que se le aparecía en una especie de sueños alegóricos, Jill Layton (Kim Greist) que poco a poco iremos interpretando. No obstante esta huye. Al ver que en este caso se encuentra esta chica decide ascender, obedeciendo así los designios de su madre( Katherine Helmond) , una narcisista recalcitrante obsesionada con su carrera. Así, Lowry comienza su escalada a las altas esferas a pesar de su naturaleza escrupulosa y poco ambiciosa.



Sin embargo, tanto su implicación en el error burocrático del principio, como su obsesión por la mujer así como sus contactos con un fontanero clandestino (algo considerado terrorismo) complican la vida a Lowry hasta el punto de que pasa a ser considerado una amenaza para el sistema. Mientras, a pesar de muchas dificultades, es capaz de conseguir el amor de su chica soñada.

Finalmente, el Sistema, implacable, se hace cargo de Sam Lowry, y asesinan a la mujer por “resistencia a la autoridad”. Sobre finales hay varios, los censurados y el original. Yo soy estoy fascinado con el final propuesto por Terry Gilliam, un final que no comentaré para no desvelar la trama. Sólo digo que el final hace que toda la película valga la pena verla.

La película trata varios tópicos, sobre todo el de la sociedad aparente, aquí nada es lo que parece. La comida que se sirve en los restaurante es una papilla amorfa que se acompaña de la foto del filete que debería ser, la cirugía plástica hace estragos entre la jet set, el sueño vence a la realidad, el terrorista es una persona transgresora que busca la libertad, y luego también está lo del terrorismo de estado...




Por otra parte también figura el pomposo barroquismo visual. Un ejemplo de esto son los planos cenitales, la angulación de cámara y la profundidad de plano que protagoniza la presencia de Sam en el Ministerio de Obtención de Información. Pero si en algo es destacable el cine de Gilliam, tal y como dijimos antes, es en la concreción en material fílmico del mundo de los sueños. Brazil, una de las cumbres del subgénero onírico, no se recrea, sin embargo, en la deformación de la imagen.

En conlusión Brazil es una distopía disfrazada de falsa comedia en la que resaltan por igual los trabajos del director artístico, del guionista Tom Stoppard y de un músico, nunca tan aprovechado como aquí, como Michael Kamen. De este último diré que es increíble la banda sonora que planteó, estando además el nombre del film en íntima relación con la banda sonora. Una banda sonora que pivota sobre el tema central, Aquarella do Brasil, interpretado en distintos estilos. La historia del empleo de esta canción tan luminosa en una realidad tan osucra viene de la anécdota siguiente:



Nos encontramos a finales de los 70. Terry Gilliam dirigía “Jabberwocky”, una comedia con sus colegas de Monty Python. Un atardecer se encontraba en la playa británica de Port Talbot. Debido a su proximidad con una mina de carbón, las arenas de la playa habían quedado completamente negras. En un panorama tan desolado y mientras el Sol se ponía, Gilliam vio a un hombre sentado, escuchando canciones latinoamericanas en la radio. Esta visión descorazonadora de la que un simple hombre intentaba escapar escuchando una música que le hablaba de un paraíso inalcanzable fue el origen de la película que más tarde conoceríamos como “Brazil”, en una alusión a la canción de origen brasileño del mismo título.


La conclusión que se saca de esta película es la evidente denuncia hacia los totalitarismos, hacia la burocratización de la justicia, hacia el terrorismo de estado, y una elegía a los hombres soñadores y al amor, al amor verdadero, al amor idealista y sacrificado, a un amor que hoy en día no se encuentra si no en los libros de poesía.







Simpático video musical



Lamentable final de una versión profana, distinto del que desea el director.



Final original, en un video que colgué personalmente en Youtube.

http://www.nodo50.org/senalesdehumo/spip.php?article5

http://en.wikipedia.org/wiki/Brazil_(film)

http://www.ciencia-ficcion.com/opinion/op00748.htm

http://ba-k.com/showthread.php?t=610717

http://www.alohacriticon.com/elcriticon/article3003.html

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada